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«Si hay algo que pueden hacer padres y madres por la felicidad de sus hijos, es pasar tiempo con ellos»

Publicado el 19 de diciembre de 2008

«Si hay algo que pueden hacer padres y madres por la felicidad de sus hijos, es pasar tiempo con ellos»

El psicólogo Alberto Porras es  director de la asociación Arbutz, entidad que asesora al Ayuntamiento de Pasaia en el desarrollo de su Plan para la Protección y el Buen Trato a Infancia y Adolescencia. Arbutz se creó en 2003 y trabaja en el ámbito de la protección infantil, concretamente en diagnóstico familiar, intervención comunitaria y formación.

-El Plan Municipal de la Infancia y Adolescencia puesto en marcha por Pasaia subraya la importancia de una infancia feliz para lograr una personalidad fuerte y sana. ¿Qué debemos hacer los adultos para procurar esa felicidad a los menores?

Debemos entender que chicos y chicas están en un periodo crítico. Es en la infancia cuando construimos nuestra forma de ser, nuestra forma de relacionarnos, y aprendemos o esperamos cosas del mundo, en función de las relaciones tempranas que establecemos con nuestros padres y madres. Es importante cómo se les trate, cómo se les hable. Merece la pena invertir energías en esa etapa. En realidad, si hay algo que pueden hacer los padres, es pasar tiempo con los chicos. Vivimos en un mundo muy rápido, en el que hay poco tiempo para invertir en jugar. Y los chicos y las chicas quieren jugar, tengan la edad que tengan. El que el niño vea que es lo suficientemente importante para sus padres como para que le dediquen una hora a jugar al fútbol o media hora a leer un cuento, refuerza su autoestima. Un niño con el que no se pasa tiempo y no se juega aprende que no es importante. Y eso baja su autoestima.

-¿Qué necesidades emocionales y sociales tienen los menores?

Las necesidades emocionales son muchas. Pero podemos agruparlas todas en sentirse queridos. Hoy día ya sabemos que tiene casi la misma importancia esa necesidad que la de comer. Hay investigaciones que prueban que los niños que comen bien pero que no se sienten queridos desarrollan más enfermedades. Otra necesidad emocional importante es sentirse comprendidos. Que si lloran, si están enfadados, se intente entender por qué.

Por otra parte, las necesidades sociales suponen relacionarse más allá de la familia. Ya desde muy pequeñitos necesitan tener amigos, ir al parque, jugar en un equipo de fútbol por ejemplo, para conocer a otros chicos. Necesitan sentir que tienen capacidad de hacer amigos, de relacionarse, de enfadarse con otros, de alegrarse con ellos... Eso les genera una sensación de que valen, de que pueden dar y recibir.

-Niños y menores tienen derecho a ser respetados en su intimidad personal.

Para entender la intimidad de cada chico o chica es imprescindible la edad que tiene. Pero también hay una regla que podría valer para todas las edades. Y es que todos necesitan su propio espacio. Por muy dependientes que sean de su familia, necesitan su propio espacio, donde no se les moleste. Puede ser para jugar, para leer, para estar mirando al techo... O puede ser, y esto es muy importante, en el desarrollo sexual. Las conductas sexuales que todos los niños tienen, desde que nacen, también se dan en un contexto de mayor intimidad. Pero, evidentemente, los más pequeños necesitan menos intimidad y los mayores más. Los padres tienen que tener en cuenta que es bueno saber regularse entre querer al niño, estar con él, darle apoyo y afecto, y entre dejarle respirar y darle su espacio. A veces, necesita estar triste y solo en su cuarto.   

-También tienen derecho a disfrutar del ocio y del tiempo libre.

Pero, se tiende a llenarles ese tiempo libre de actividades. Lo que les pasa a nuestros hijos es un reflejo de cómo vivimos nosotros, que estamos siempre con la agenda en la mano. El ocio tiene que tener una característica para ser saludable: que el niño lo viva de una forma lúdica, agradable, como un juego que le divierte. Si se convierte en un trabajo, “tengo que ser el mejor en piano”, “tengo que ser el mejor portero y me tengo que entrenar todos los días”, se convierte en algo no tan saludable. No obstante, el que los chicos jueguen a fútbol, toquen el piano, vayan a clases de un idioma, hagan lo que sea que les guste a ellos y a sus padres, está bien. Lo importante es la forma en que se hace. A veces los padres los sobrecargan de actividades porque no tienen tiempo para estar con ellos. Y volvemos al principio: los padres tienen que ser conscientes de que es importante que, en su agenda semanal, busquen un hueco a los hijos.

-¿Hay que dejarles elegir desde pequeños esas actividades?

Debería ser algo compartido. Dejar elegir sí, pero, en mi opinión, totalmente no. El chico tiene que opinar sobre su propia vida siempre, desde cualquier edad. Que le gusta, que no le gusta. Pero quizá le guste tanto una actividad que quiera hacerla siete días a la semana. La decisión última la tienen los padres. Es importante que los padres tengan claro que sus hijos tienen que tener libertad para tomar decisiones, pero que los últimos responsables de esas decisiones son ellos, los padres y madres. Esto es bien complicado.

-¿Y cómo hacer para que la protección no se convierta en sobreprotección y para que los niños no crean que sólo tienen derechos y no obligaciones?

Lo difícil de ser padre o madre, y también de ser hijo, es que no hay una pauta o una receta que diga que si haces las cosas de determinada manera, te van a salir bien. La vida es mucho más complicada. No obstante, el tema de la sobreprotección tiene relación con el manejo de los límites. A nadie nos gustan los límites, pero, de forma inconsciente, nos hacen ver que hay alguien que se encarga de protegernos si algo sale mal. Aportan muchísima seguridad. Saber que si llego tarde a casa me regañan, es un problema, pero me da mucha tranquilidad porque, si me pasa algo, alguien se va a preocupar por mí y va a empezar a llamar a todo el mundo para saber dónde estoy. Todos necesitamos sentir que, si nos excedemos, hay alguien que nos va a volver a meter en nuestro refugio de seguridad. Y, si no ponemos límites a nuestros hijos, estamos diciéndoles que están solos en este mundo, que no somos capaces de protegerlos. Tenemos que dejarles libertad, pero mostrarles que sabemos decidir hasta dónde les permitimos llegar.

-Lo difícil es saber dónde poner esos límites... Dónde y cómo. Es casi más importante saber cómo poner el límite, que dónde ponerlo. El cómo tiene que ser un límite afectuoso. Eso significa que a lo mejor voy a echarle una bronca y a castigarle porque se ha excedido, pero voy a decirle que lo hago porque le quiero y porque creo que es la mejor forma de cuidarle. No lo voy a hacer dándole un bofetón o insultándole, ni diciéndole que es malo.

-El Plan del Ayuntamiento de Pasaia busca implicar a la población en general en el fomento del buen trato a los menores. Parece un objetivo complicado. Es complicado y es valiente apostar por ello. En el entorno casi no hay experiencias de este tipo. Pero me consta que en Pasaia hay padres, madres, chavales, profesionales y voluntarios que se mojan y que están sensibilizados en estas cuestiones. Les mando un saludo. Hay que reconocer y favorecer su labor y el objetivo ahora es que ésta se extienda. El éxito de este plan depende de que más gente se involucre. Podemos conseguir pequeñas cosas que ayudan a personas.

-Llama la atención que la forma de desprotección infantil más habitual sea la negligencia.

La negligencia comprende un tipo de trato que no es adecuado, no por acción, sino por omisión. Puede ser negligencia física, porque tengamos en casa enchufes en estado peligroso y el niño tenga un accidente. Pero la negligencia más frecuente es la emocional; se refiere a no sentirse querido. En todo caso, lo normal es que no exista ninguna tipología de maltrato en las familias. Lo que no se puede obviar es que, a veces, sucede. Y pensamos que los chicos que están siendo maltratados van a tener marcas, cuando lo más normal es que sean chicos muy solitarios, con la autoestima muy baja, porque no se sienten queridos, a veces sucios o con la ropa no muy adecuada a la climatología. El maltrato físico o el abuso sexual son más infrecuentes. Y esto pasa en todas las clases sociales y en cualquier tipo de familia. Hay que trabajar con los padres. Si éstos son conscientes de que hay cosas que corregir, hemos avanzado mucho.

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